jueves, 19 de noviembre de 2009

Rafael Landívar


Este poeta guatemalteco tuvo que cantar a su patria desde el destierro, pero llegó a tener validez universal. Nació en 1731 en la ciudad de Santiago de los Caballeros de Guatemala.

Estudió en la Universidad Real y Pontificia de San Carlos, en donde se graduó de doctor en filosofía a la edad de 16 años. Se trasladó a México en 1749 para ingresar a la orden religiosa de la Compañía de Jesús, y se ordenó sacerdote en 1755.

Cuando regresó a Guatemala, se desempeñó con rector del colegio San Borja, y en 1767 fue desterrado por el Rey Carlos III, junto con todos sus compañeros de orden. Se fué a México primero, y luego a Europa, instalándose en Bolonia, Italia.

Fue ahi donde escribió su célebre libro "Rusticatio Mexicana" (Por los campos de México), que fue escrito en latin, al igual que su "oración fúnebre" en la muerte del Obispo Figueredo y Victoria, benefactor de la Compañía de Jesús.

Murió el 27 de septiembre de 1793, en Bolonia, en donde fue sepultado en la iglesia de Santa María delle Muratelle.

En 1950 sus restos fueron encontrados y repatriados, descansando hoy en Antigua Guatemala.

Rusticatio Mexicana (Traducción al español)

"A la Capital de Guatemala"
(Rafael Landivar)

Salve, mi Patria querida, mi dulce Guatemala, salve,
delicias y amor de mi vida, mi fuente y origen;
¡Cuánto me place, Nutricia, volver a pensar en tus dotes,
tu cielo, tus fuentes, tus plazas, tus templos, tus lares!
Paréceme ya distinguir el perfil de tus montes frondosos,
y tus verdes campiñas regalo de ternos abriles.
Acuden con mucha frecuencia a mi mente los ríos doquiera
rodantes, y umbrosas riberas tejidas de frondas;
también entre el lujo variado suntuosas las íntimas salas
y muchos vergeles pintados de Idálicas rosas.
¿Y si buscoen mi mente entre el lujo dorado brillantes
las Sedas, o tintos vellones de playas de Tiro?
Serán para mí como pábulo eterno de amor a la patria,
y siempre en mis penas dulzura y consuel serán.

Mas ¡Ay! que me engaño: son burlas que turban mi plácida mente,
y vanas quimeras que juegan con esta alma fría.
Que aquellos torreones, cabeza señera de reino tan noble,
ciudad antes fueran, y ahora montones de piedras.
Ni casas, ni templos ya quedan, ni plazas que junten al pueblo,
ni trocha que guíe a las cumbres seguras del monte.
Ya todo se vuelca rodando entre ruina volenta,
cual si golpes de Jove con rayos alados lo hiriese.

¿Más qué digo doliente? si ya del supulcro resurgen excelsas
mansiones, y altivos se yerguen los templos al cielo.
Ya inundan las fuentes al río, ya bullen las calles de gente,
ya llega a mi pueblo feraz y anhelada quietud:
como aquella ave Fénix, recobra la dicha con creces el valle
al volver del mismísimo polvo de nuevo a la vida.

Alégrate, Patria inmortal, la más ínclita urbe del reino,
y de nueva ruina ya libre, pervive mil años:
La fama nacida al vencer a la súbita muerte, tu triunfo,
yo mismo y mi canto está pronto a llevarlo a los astros.
Mi plectro entre tanto de ronco tañido, solaces del llanto,
recibe, y que seas en cambio tú misma mi lauro.

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